Pedro Bueno

" Con la ilusión, no se juega.  Por tal motivo, os aseguro que yo seguiré soñando cada día con un nuevo amanecer y así podré rememorar, en esos arreboles que desprende cada madrugada, la ilusión contenida de aquel fatídico 6 de enero, para que Sus Majestades, que siempre cumplieron –y cumplen- con lo deseado, tengan a bien dejarme a diario junto a mis zapatos, un trozo de vida que llene mi corazón. "

CON LA ILUSIÓN, NO SE JUEGA

Posiblemente la noticia les cogiese a Vuestras Majestades de vuelta hacia Oriente, o tal vez, rezagados en cualquier hogar de esos niños que, por no tener ni casa, no ponen lo zapatos a la espera de que los tres Reyes Magos pasen. O, seguramente, ya a esas horas de la madrugada, el cansancio de toda una víspera y un día festivo como es el 6 de enero, propio de la Epifanía del Señor, hicieran mellas en sus vetustos e ilusionantes camellos, para cabalgar a la cadencia de los latidos de mi corazón. Pero fuera como fuese, lo que estoy seguro es que, con la ilusión del día de Reyes, no se juega.

Y fue precisamente aquella ilusión, la que revistió mi corazón en aquella despedida que brindé a Sus Majestades, la noche de aquel 6 de enero de 2011, cuando a las tres de la madrugada (ya del día 7), un dolor en el pecho acompañado de una quemazón y opresión entre pecho y espalda, además de una sudoración fuera de lo normal, hizo que me levantara de la cama angustiado por el hecho que estaba viviendo. Después de una hora de esperar en el salón de mi casa, para ver si el dolor disminuía (mi señora ya no sabía que darme), decidimos, a buen criterio, marcharnos para la urgencia del Hospital Universitario “Puerta del Mar” de Cádiz, y comunicar los síntomas que en ese momento mi cuerpo presentaba. La proporcionalidad del dolor era tal que, contra más tiempo pasaba, el dolor del pecho, se me traspasaba a ambos brazos.

Recuerdo que, a esa hora de la madrugada, no había taxi alguno por la zona donde vivo y nos marchamos presurosos en nuestro propio vehículo (si hubiese sabido lo que tenía no lo hubiera hecho). Al llegar a urgencias, la enfermera que me recibió a las puertas de la misma me preguntó, “señor, ¿qué le ocurre…?” a lo que respondí como buenamente pude, “me duele muchísimo el pecho, me quema y, a la vez, se me oprime con la espalda”. Sin pensarlo dos veces, aquella enfermera metió su mano derecha en el bolsillo del uniforme que llevaba y sacó una minúscula pastilla de color verde que, rápidamente, me introdujo debajo de la lengua. A los cinco minutos, ya no me dolía absolutamente nada.

Después de pasar las preceptivas consultas con el médico de urgencias, de realizarme radiografía, ecografía y extracción de sangre para ver las enzimas, tanto mi señora como yo, esperamos pacientemente en la sala de espera, el resultado de la analítica. Ya nos advirtieron, fehacientemente, que podría tardar unas cuatro horas, aproximadamente. Así que, muy amablemente, nos invitaron a descansar un poco en dicha sala, pero al filo de las siete de la madrugada -cuatro horas después del primer dolor-, todo se repitió, y en esta ocasión, mi cuerpo se desvaneció ante tanto malestar, siendo ingresado de forma inmediata en observación. De aquellos momentos solo recuerdo que, cuando desperté, ya me encontraba dentro de la unidad de cuidados intensivos coronaria, donde permanecí durante cinco largos y tediosos días.

Una vez ya fuera de la UCI coronaria y después de que el equipo médico hubiese conseguido controlar todas las constantes vitales de mi cuerpo, fui trasladado a la tercera planta, donde se ubica la zona destinada a los pacientes coronarios. Allí estuve hospitalizado durante ocho días, antes de que me concedieran el alta hospitalaria y, durante ese tiempo, fui intervenido de un cateterismo radial (brazo derecho), para revascularizar la arteria de la coronaria de la parte trasera del corazón, motivo por el cual, había sufrido dos infartos en una franja horaria de cuatro horas.

Pero nada de lo narrado hasta el momento hubiese tenido sentido, si no hubiera aparecido aquella enfermera, de blanco inmaculado y con una sonrisa en su rostro, justamente, un día antes de recibir el alta hospitalaria. Su empatía, lenguaje coloquial y forma de transmitir la vida (porque ella misma es vida), me hizo comprender la dolencia por la que estaba pasando. Juani (como cariñosamente le llamamos), me realizó varias advertencias de cara a esta nueva vida que emprendía, entre ellas, la pérdida del miedo, la movilización suave y progresiva precozmente y, sobre todo, la concienciación del control de los factores de riesgo cardiovasculares. En esos precisos instantes, sin quererme dar cuenta, estaba pasando por la  1ª FASE DEL PROGRAMA DE REHABILITACIÓN CARDIACA.

Una vez recibida el alta hospitalaria y concertada, igualmente, la fecha de inicio de la rehabilitación cardíaca, comenzaba la 2ª FASE DEL PROGRAMA DE REHABILITACIÓN CARDIACA, la cual se desarrolló, íntegramente, en el Hospital Universitario “Puerta del Mar” de Cádiz. Una fase que contó con tres aspectos fundamentales: entrenamiento físico, educación sanitaria y psicoterapia. ¿Y qué me iba a aportar a  mí, como paciente, esta segunda fase…? Pues algo tan importante como el cambio de hábito en el ante y el después que existe en las personas con patología cardiópata.

En el caso del entrenamiento físico, reconocí y confesé personalmente a los profesionales médicos que me atendieron, que desde que finalizaron mis estudios profesionales, no había vuelto a realizar ejercicio físico alguno. Era la hora, por tanto, de “ponerse el mono de trabajo” y empezar a cumplir un específico y condicionado plan de entrenamiento de cara a mí propio futuro. De facto, uno de los graves problemas que, principalmente, se le imputa al paciente cardiópata es el sedentarismo. Por tal motivo, en esta segunda fase, volví a retomar el contacto y el compromiso con el ejercicio físico además del adiestramiento que para ello nos realizaban en la propia unidad de rehabilitación cardíaca, comenzando por ejercicios de estiramientos, cinta o bicicleta estática (según cada paciente), para finalizar, con unas instrucciones de psicoterapia (relajación), fundamentales en el caso de que volviese a repetirse un evento cardíaco.

Pero si importante para el paciente cardiópata es el ejercicio físico, no menos lo es también la educación sanitaria, porque no es lo mismo vivir con un evento cardíaco a tu propia voluntad, que hacerlo estando informado de cómo proceder, en este tipo de situaciones, adaptando tu vida a todas aquellas necesidades que la propia enfermedad necesita. Gracias a ello, cuestiones como la hipertensión, hipercolesterolemia, diabetes, tabaquismo, sedentarismo, obesidad, efectos beneficiosos del ejercicio, la dieta que hay que realizar, disfunción eréctil, orientación laboral, etc., forman parte de un plan estratégico, trabajadísimo y con una amplia dedicación por parte de nuestros profesionales médicos, en pro de nuestras propias realidades. Y es ahí, concretamente, donde el paciente, que ha pasado por un evento cardiaco y sus propios familiares, empiezan a asumir de una forma clara y concisa, que existe un antes y un después, en este tipo de enfermedades.

Consumada esta segunda fase, nos encontramos ya preparados para afrontar nuestra propia cotidianeidad, comenzando así, la 3ª FASE DEL PROGRAMA DE REHABILITACIÓN CARDIACA, que tendrá la misma duración que tenga el paciente, es decir, durará toda la vida. En ella, principalmente, tendrá que ponerse de manifiesto los hábitos adquiridos en la segunda fase, para evitar así, una nueva aparición de un evento cardíaco. Es a partir de estos momentos, donde se valora la capacidad de voluntad del paciente, para hacer de su condición el mejor de los remedios que pueda tener su corazón.

Y concluyo con esta propia experiencia, como paciente coronario, de la misma manera que la empecé, es decir, haciendo mención a la ilusión, porque sin ilusión sabemos que la vida no tendría sentido, ni los días tendrían amaneceres, ni las noches estarían cubiertas de estrellas. Sin ilusión, la vida de un paciente rehabilitado queda consumada a la deriva y el esfuerzo recibido por los profesionales sanitarios hacia el paciente, se desmoronaría precipitadamente hasta cubrirse de penas.

Por tal motivo, os aseguro que yo seguiré soñando cada día con un nuevo amanecer y así podré rememorar, en esos arreboles que desprende cada madrugada, la ilusión contenida de aquel fatídico 6 de enero, para que Sus Majestades, que siempre cumplieron –y cumplen- con lo deseado, tengan a bien dejarme a diario junto a mis zapatos, un trozo de vida que llene mi corazón.

¡Feliz VIDA a todos!

COLMAN

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